GIST responde a las iniciales en inglés de Tumor del Estroma Gastrointestinal.
Técnicamente, es un sarcoma de partes blandas, pero es tan distinto en todo a
cualquier otra variedad de sarcoma que ha de ser considerado aparte. La
historia reciente del GIST es una de las más asombrosas de la oncología.
Probablemente no existe otro caso en el que una enfermedad maligna haya
sufrido tal revolución en tan escaso tiempo. En apenas el curso de un año se
descubrió que centenares de pacientes diagnosticados de otros tumores
padecían, en realidad, GIST, y se aprendió a diagnosticar la enfermedad con
una fiabilidad cercana al 100%. Si el vuelco del diagnóstico ha sido mayúsculo,
el del tratamiento no ha sido menor. Un fármaco diseñado para tratar
leucemias, el imatinib, permite controlar la enfermedad con una eficacia
inusitada. Hoy día ya existe un segundo medicamento, llamado sunitinib,
apropiado para los pacientes con tumores GIST refractarios al imatinib. Otros
agentes terapéuticos se hallan en fases muy avanzadas de investigación
¿Qué es?
Los GIST son sarcomas del tubo digestivo. Pueden surgir en cualquier punto
desde el esófago hasta el ano. La materia digerida avanza siempre desde la
boca hacia el ano. Nunca sucede al revés porque el tubo digestivo, en toda su
longitud, se contrae concéntricamente sin cesar, de modo que las partes más
cercanas a la boca se contraen primero y las más lejanas después. El efecto
resultante es el mismo que obtendríamos abrazando firmemente el extremo de
un tubo de dentífrico con los dedos índice y pulgar formando un anillo, y
deslizándolos a lo largo de todo el tubo en dirección a su abertura. Estas olas de
contracción y relajación sucesivas que propulsan el contenido intestinal en un
único sentido, se denominan ondas peristálticas y suceden automáticamente
todo el tiempo.
Para que el intestino actúe de este modo es precisa la existencia de un sistema
nervioso propio que coordine las contracciones, asegurándose de que no
suceden con desorden, sino en el momento preciso y con la intensidad,
velocidad y dirección adecuadas. Este sistema nervioso propio del tubo
digestivo está formado por un tipo muy peculiar de células que se conectan
unas a otras componiendo una red que rodea al tubo en toda su longitud. Tales
células nerviosas fueron caracterizadas en el siglo pasado por el histólogo
español Santiago Ramón y Cajal, y por eso se conocen como Células
Intersticiales de Cajal. Hoy en día suponemos que estas células pueden
transformarse en cancerosas y que, cuando lo hacen, el tipo de cáncer al que
dan lugar es, precisamente, el GIST.
Durante años hemos confundido el GIST con el leiomiosarcoma intestinal que es
el cáncer derivado de la transformación maligna, no de las células nerviosas del
intestino, sino de las musculares. Ambas células son tan similares que los dos
cánceres son prácticamente indistinguibles hasta para el examen microscópico
más minucioso. Sin embargo, la diferencia es crucial, ya que mientras el GIST
es muy sensible al tratamiento con imatinib, el leiomiosarcoma es
completamente resistente a su acción. Los oncólogos no hemos sido capaces de
diferenciar ambos cánceres hasta que no hemos comprendido cómo surge el
GIST.
¿Cómo surge?
Una célula con cKit mutado de esta forma se asemeja a un coche con el acelerador atascado a fondo y los frenos rotos, en dirección a un precipicio que se llama cáncer.
La clave molecular del GIST se llama KIT. Es una molécula que está como pinchada a través de la membrana de las células, con un extremo asomando al
exterior y el otro alojado en el interior. La porción externa actúa como una
antena; ante la presencia de determinados estímulos envía una señal al otro
extremo de KIT, el que está dentro de la célula, que se activa. La activación de
KIT da lugar a una serie de reacciones químicas en el interior de la célula que la
modifican radicalmente en dos sentidos. En primer lugar comienza a
multiplicarse a gran velocidad; una célula en dos, dos en cuatro, cuatro en ocho
y así sucesivamente. En segundo lugar, estas células en multiplicación son
inmortales, su vida no está limitada a un número finito de ciclos.
Estas dos características, proliferación exponencial y vida ilimitada, son
esenciales en las fases iniciales de cualquier cáncer. Tener a KIT activado es
jugar con fuego; se parece a un coche con el acelerador presionado a fondo.
Algunos tejidos pueden requerir ocasionalmente la función de KIT pero, de
ordinario, mantienen a la molécula en una segura situación de desconexión.
Nuestras células mantienen a KIT a raya de dos maneras. En primer lugar, los
estímulos que enchufan a KIT son muy fugaces, de modo que, breves instantes
tras su activación, la ausencia del estímulo (el pie se levanta del pedal del
acelerador) restablece la situación ordinaria de desconexión. En segundo lugar,
existen en cada célula con KIT otras moléculas dedicadas tan sólo a vigilarla y a
desconectarla si parece que está activada demasiado tiempo (el equivalente a
apretar el freno). Las funciones exactas de KIT en el organismo humano no son
aún completamente conocidas, pero sabemos que está presente en algunas
células, como las pigmentarias de la piel, otras de la médula ósea y,
naturalmente, en las células intersticiales de Cajal del tubo digestivo.
KIT es una proteína y cada una de las centenares de miles de proteínas que
hacen funcionar nuestro cuerpo día tras día están codificadas por un gen, un
fragmento de ADN que contiene la receta exacta con la que la célula sintetiza la
proteína. cKit es el gen que codifica la síntesis de la proteína KIT (obsérvese
que los genes y las proteínas tienen a menudo el mismo nombre o parecido,
pero el gen se escribe con minúsculas y la proteína con mayúsculas). En 1990
se demostró que algunas mutaciones del gen cKit daban lugar a ejemplares
trágicamente defectuosos de la proteína KIT. Estos mutantes permanecen
activados todo el tiempo, incluso en ausencia de cualquier estímulo. Y lo que es
aún peor, son inmunes a los mecanismos de control capaces de desconectar la
forma sana de KIT. Una célula con cKit mutado de esta forma se asemeja a un
coche con el acelerador atascado a fondo y los frenos rotos, en dirección a un
precipicio que se llama cáncer.
Todo lo anterior hace referencia al mecanismo de aparición de los GIST, pero no
aclara nada respecto a su causa. Para dilucidarlo necesitaríamos averiguar qué
ocasiona en primer lugar la mutación del gen cKit. Podrían ser tóxicos
contenidos en la alimentación, la infección de un virus, simplemente un error al
azar ocasionado durante el proceso normal de la copia de los genes, o todo ello
a la vez. Como es natural, sin pistas sobre las causas, no existen posibilidades
de prevención.
En resumen; en un momento dado de la vida de una persona algo anda mal en
el interior de una de las células intersticiales de Cajal que regulan el
movimiento de sus intestinos; un gen cKit ha sufrido una mutación y la célula
comienza a producir moléculas incorrectas de la proteína KIT; ésta permanece
activada todo el tiempo; bajo su influjo, la célula se multiplica irrefrenable e
indefinidamente y todos sus intentos de desconectar KIT fracasan. Se precipita
hacia la transformación maligna y un GIST aparece en algún punto del tubo
digestivo. Algún tiempo después, el individuo percibe los primeros síntomas de
la enfermedad.
¿Cómo se manifiesta?
Cuanto más se estudia, más frecuente parece el GIST. Actualmente, se calcula
que en España aparecen unos 600 u 800 casos nuevos cada año. Una incidencia
muy lejana a la de otros tumores del tubo digestivo, pero similar a la de
enfermedades que no se consideran en absoluto raras como, por ejemplo, la
leucemia crónica. Hay que añadir, además, todos los casos diagnosticados de
leiomiosarcoma con anterioridad que, con los métodos actuales de diagnóstico,
resultan ser GIST. En realidad está sucediendo algo muy llamativo. Se pensaba
que, dentro de los sarcomas intestinales, los leiomiosarcomas eran los más
frecuentes y los GIST auténticas rarezas. Sin embargo, cada vez más centros
desempolvan de sus archivos las antiguas biopsias de leiomiosarcomas que,
sometidas a los nuevos criterios, resultan ser casi todas de GIST.
Vueltas las tornas, el leiomiosarcoma verdadero resulta ser cada vez más
infrecuente, mientras que el GIST se encumbra como la variedad de sarcoma
abdominal más frecuente. La consecuencia práctica es que si un paciente fue
intervenido hace años de cualquier clase de sarcoma abdominal, y actualmente
sufre una recaída, es obligatorio realizar los análisis necesarios para asegurarse
de que no se tratara de un GIST desde el principio. Si la antigua biopsia no
fuese localizable, las implicaciones para el tratamiento son tan grandes que se
justifica completamente tomar una nueva biopsia de la recaída.
El GIST suele aparecer a partir de los 50 años de edad y en igual proporción de
hombres que de mujeres. El lugar más frecuente de aparición es el estómago,
seguido del intestino delgado. Sólo el 20% aparece fuera de estos lugares, en el
esófago, el colon o el recto. Excepcionalmente, puede aparecer en el interior de
la cavidad abdominal, separado del intestino. Por desgracia, los GIST son
tumores de consistencia blanda que no suelen entorpecer el tránsito del
contenido intestinal ni la función de otros órganos; lo que quiere decir que no
suele alertar con síntomas mientras permanece en fase localizada, operable y
curable.
En muchos casos, la enfermedad se manifiesta en fase avanzada, cuando el
cáncer ya se ha diseminado por el interior de la cavidad abdominal o ha
alcanzado lugares como el hígado, en forma de metástasis. Si no es así, el
diagnóstico no suele ser posible hasta que el tumor ha crecido tanto que
molesta en el interior de la tripa. El síntoma más frecuente es el dolor o las
molestias abdominales, leves al inicio, pero que persisten y empeoran
lentamente a lo largo de meses o, incluso, de años. Si el tumor se ulcera en el
interior del intestino, puede aparecer sangre en las heces o en los vómitos o,
más frecuentemente, ocasionar anemia por la pérdida prolongada e inapreciable
de pequeñas cantidades de sangre mezcladas con la deposición. En algunos
casos, los primeros síntomas pueden depender de las metástasis en lugares
distantes del abdomen. Algunos se diagnostican cuando el tumor se rompe y
sangra en el interior de la cavidad abdominal, a veces a causa de algún
traumatismo.
¿Cómo se diagnostica?
Debido a su rareza y a lo anodino de sus síntomas, es casi imposible sospechar
de la existencia de un GIST. En todo caso, para descartar la presencia de un
tumor en el interior del abdomen, el médico ordenará un escáner, una ecografía
o una endoscopia. Si existe tal tumor y parece extirpable, será necesaria una
intervención quirúrgica. Si, por el contrario, es inoperable debido a su extensión
o si existen metástasis, se ordenará una biopsia. En cualquiera de los dos
casos, una muestra del tumor llegará al microscopio del patólogo. En el caso de
que fuese un sarcoma, el patólogo realizará una tinción especial que revele, sin
lugar a dudas, si se trata o no de un GIST.
Este tipo de tinción se llama inmunohistoquímica y se basa, precisamente, en la
relación de los GIST, pero no de otros tumores parecidos, con KIT. La muestra
de biopsia se pone en contacto con anticuerpos diseñados para reaccionar con
la proteína KIT y fijarse a ella, sobre la superficie de la célula. La unión del
anticuerpo con KIT ocasiona un cambio de color apreciable al microscopio. En
este caso, el patólogo informará que el tumor es 'KIT-positivo' y el diagnóstico
de GIST estará hecho. Un 5% de los casos de GIST es ‘KIT-negativo’, es decir,
no se aprecia tinción alguna en la inmunohistoquímica. En estas situaciones, se
puede enviar la biopsia a algunos de los pocos centros en España que estudian
directamente la existencia de mutaciones en los dos genes que están implicados
en el origen de esta enfermedad. Uno ya está comentado, es cKit, el otro se
llama PDGFRA.
Como en cualquier cáncer, una vez llegado al diagnóstico, el oncólogo lo
completará con radiografías, ecografías y escáneres de distintos órganos, para
averiguar el alcance de la enfermedad y planificar el tratamiento.
¿Cómo se trata?
La cirugía es el tratamiento clásico de los GIST y el único que sigue siendo
capaz de curarlos. Sin embargo, como hemos visto, bastantes casos ya no son
operables cuando se diagnostican. Por otro lado, un porcentaje apreciable de los
pacientes operados de GIST recae al cabo del tiempo. La mayoría de las
recaídas sucede en el primer o segundo año después de la cirugía, aunque se
han documentado algunas hasta 20 años tras la operación.
La probabilidad de recaer puede calcularse en función del tamaño del tumor y
del número de mitosis (la cantidad de células que aparecen dividiéndose al
observar el tumor al microscopio). Los GIST operados de menos de uno o dos
centímetros y escasas o nulas mitosis recaen tan raramente que casi se
consideran tumores benignos. En cambio, los tumores con más de 10
centímetros o mitosis muy numerosas terminan ocasionando metástasis en
bastantes casos. Los GIST del estómago tienen muchas menos probabilidades
de recaer que los de otras partes. Actualmente se están dedicando muchos
recursos de investigación a averiguar si el estudio de las mutaciones genéticas
de cada caso en concreto puede ayudar a distinguir los casos destinados a
recaer de los que están verdaderamente curados y no corren peligro.
Un asunto peliagudo es el de si consumir imatinib tras la extirpación de un GIST
con alto riesgo de recaer contrarresta en parte ese peligro. Los
resultados de las investigaciones realizada al respecto han sido lo
suficientemente convincentes como para que las autoridades sanitarias
americanas y europeas hayan aprobado esta nueva indicación del fármaco. Es
decir, hoy día el imatinib no solo se puede indicar para el tratamiento de la
enfermedad inoperable, sino para mejorar las expectativas de las personas ya
operadas pero con un elevado riesgo de recaer en base a las características
defavorables de su GIST. Estos factores de mal pronóstico suelen ser el tamaño
elevado y la abundancia de mitosis.
No obstante, lo cierto es que los resultados de los ensayos clínicos han probado
que el tratamiento es capaz de retrasar las recaídas, pero persiste la duda
respecto a su capacidad de evitarlas. Es posible que el tiempo de vida de un
paciente sea exactamente el mismo si se retrasa su recaída administrando el
fármaco después de la operación, que si se espera a la reaparición de la
enfermedad y se instaura el tratamiento en ese momento. Otras dudas por
disipar se refieren a la duración óptima del tratamiento, a la selección de los
casos idóneos o a la posibilidad de que el tratamiento con imatinib pudiera
propiciar recaídas mas resistentes al tratamiento. Por fortuna, existen ensayos
clínicos en marcha que resolverán estas cuestiones a lo largo de los próximos
años.
Mientras tanto, si un paciente operado de GIST debe o no consumir
imatinib, al menos durante un año, es una decisión que se debe tomar a
medias entre el médico y el paciente, después de una buena información y
teniendo muy en cuenta el riesgo particular de recaída de cada persona.
El peligro de recaer de un GIST aumenta si se rompe en el interior de la cavidad
abdominal mientras se intenta extirpar. Por este motivo, la cirugía
laparoscópica (mediante tubos introducidos en el interior del abdomen, que
permanece cerrado durante la operación) debe indicarse con mucha precaución
y siempre en manos de cirujanos muy experimentados, tanto con la técnica
como con la enfermedad. Por otro lado, si a un cirujano le parece que un GIST
tiene mucho riesgo de romperse al manipularlo, es posible iniciar el tratamiento
con imatinb y dejar la operación para meses después, cuando el tumor se haya
reducido y su extracción sea mas segura.
Una forma común de presentación de GIST es la de un tumor tan desarrollado
en el interior del abdomen que resulta imposible extirparlo por su tamaño o
bien porque ya ha sembrado metástasis en otros órganos distantes. Hasta el
año 2001 no existía tratamiento eficaz. Hoy en día, todos los enfermos en esta
situación se tratan con imatinib.
¿Qué se puede esperar del tratamiento con imatinib?
El imatinib es el tratamiento idóneo para los GIST diseminados, con metástasis
en el interior de la cavidad abdominal o en órganos, como el hígado. El
medicamento no es capaz de erradicar por completo los tumores, de manera
que no es una alternativa a la cirugía en pacientes capaces de afrontarla. Sin
embargo, es el tratamiento de elección en los que, pese a ser operables, la
cirugía está contraindicada por su edad o por tener otras enfermedades graves.
El imatinib se presenta en forma de cápsulas duras de color naranja y 100 o
400 mg cada una llamadas Glivec® (Novartis). La dosis de tratamiento es de
400 mg al día, bien en una dosis diaria, o en dos de 200 mg. El algunos casos
con características especiales, se indica una dosis inicial de 800 mg diarios. Los
comprimidos se deben tomar junto con los alimentos y con un gran vaso de
agua debido a que pueden irritar la mucosa gástrica. Es importante comunicar
al médico cualquier otra medicación que se consuma, pues algunos fármacos
disminuyen su absorción, mientras que otros la aumentan. La administración
oral no debe llevar a equívocos sobre imatinib: es un medicamento complicado
para una enfermedad complicada. Ni internistas, ni médicos generales, ni
cirujanos deben emplearlo. Cualquier enfermo de GIST bajo tratamiento con
Glivec® debe de estar bajo el control directo y mantenido de un oncólogo.
Todos los pacientes con GIST inoperable o metastásico deben recibir el
tratamiento con imatinib, no importa cuán avanzado sea el estado de la
enfermedad o cómo de deteriorado esté el enfermo. Los efectos adversos son
infinitamente menores que los de la quimioterapia y se pueden apreciar
mejorías incluso desde la primera semana de tratamiento. Ningún enfermo de
GIST es demasiado mayor o está demasiado grave como para que no merezca
la pena el tratamiento con imatinib. En el 40 o 50% de los casos tratados con
Glivec®, la enfermedad deja de crecer y comienza a disminuir de tamaño. En
otro 25-30% de los casos el tumor deja de crecer y se estabiliza. El pronóstico
de vida de los pacientes en los que la enfermedad se encoge y el de aquellos en
los que simplemente para de crecer es prácticamente el mismo. Sólo aquellos
en los que el GIST crece a pesar del tratamiento tienen malas expectativas.
La disminución de tamaño suele ser paulatina pero constante. En muchos
casos, el volumen del tumor y de las metástasis sigue disminuyendo poco a
poco, incluso muchos meses después de haber comenzado el tratamiento. La
duración de la respuesta es, en todo caso, larga, mucho más que la de los
cánceres más comunes tratados con quimioterapia. Más de la mitad de los
pacientes que comenzaron a tratarse con imatinib hace más de cinco
años siguen sin empeorar. En cuanto a la duración del tratamiento, sabemos que si el imatinib se interrumpe, el GIST vuelve a crecer en uno o dos
meses. Así pues, el tratamiento debe ser indefinido.
En algunos casos, un paciente con un GIST inoperable experimenta una
reducción del volumen del tumor de tal calibre tras el tratamiento con imatinib
que la enfermedad se convierte en accesible a una extirpación completa. En
realidad, desconocemos si la cirugía ofrece ventajas sobre continuar el
tratamiento sin más. Se están llevando a cabo estudios para resolver esta
cuestión. Mientras tanto, ambas opciones son correctas. Si se opta por la
cirugía, es esencial realizar antes un estudio exhaustivo para descartar la
existencia de metástasis ocultas.
¿Qué efectos adversos tiene el tratamiento con imatinib?
Glivec® es un tratamiento potencialmente tóxico que debe ser prescrito y
consumido bajo la supervisión de un oncólogo experimentado en su manejo.
Con unas pocas precauciones, la mayoría de los pacientes puede seguir
llevando una vida completamente normal. Al contrario de lo que sucede con
muchos de los efectos adversos de la quimioterapia, los del imatinib son más
llevaderos cuanto más tiempo se consuma el medicamento.
La retención de líquidos es el efecto adverso más común. Por regla general se
manifiesta en forma de edema (hinchazón blanda, sin enrojecimiento, que deja
la huella del dedo al comprimirla) en los párpados y en los tobillos. Si la
retención de líquidos ocurre en personas con insuficiencia cardíaca o se acumula
en torno a los pulmones (derrame pulmonar) o al corazón (derrame pericárdico)
puede ser peligrosa. Por fortuna, la retención de líquidos es muy sencilla de
detectar y fácil de tratar con fármacos que aumentan la producción de orina
(diuréticos).
Los glóbulos blancos, los glóbulos rojos y las plaquetas de la sangre pueden
descender anormalmente bajo el efecto de imatinib. Si se rebasa cierto límite,
existe riesgo de infecciones y hemorragias graves. Con toda seguridad, el
oncólogo realizará un análisis de sangre, con frecuencia al principio del
tratamiento y a intervalos más largos a medida que transcurra el tiempo. Si
observa que descienden los valores, suspenderá el tratamiento algunos días
para permitir la recuperación.
El imatinib puede irritar la mucosa gástrica, algo que puede evitarse tomando el
producto junto con las comidas y con mucha agua. El ardor o el dolor en la boca
del estómago son síntomas importantes que se deben comunicar al oncólogo.
Los pacientes con antecedentes de úlcera de estómago o de duodeno han de
consumir protectores gástricos.
La toxicidad hepática es el último efecto adverso común del fármaco. Por lo
general es leve y sólo detectada por el médico en los análisis debido a un
aumento de las transaminasas. Suele mejorar reduciendo la dosis o
interrumpiendo temporalmente el tratamiento. Las personas con insuficiencia
hepática previa o con antecedentes de hepatitis deben vigilarse estrechamente.
Otras toxicidades son muy poco comunes y dependen más bien de la
sensibilidad individual de cada persona al medicamento.
¿Qué pasa cuando el imatinib deja de funcionar?
En algún momento, la enfermedad puede escapar al control del tratamiento y
volver a crecer. No se sabe si esto sucederá tarde o temprano con todos los
enfermos de GIST que hoy se tratan con imatinib.
En primer lugar, es importante no abandonar el tratamiento demasiado pronto.
En muchos cánceres, la primera fase de una respuesta es un falso aumento del
volumen del tumor. La destrucción de las células cancerosas libera productos de
deshecho a los tejidos. Esto desencadena una inflamación que puede
confundirse con un crecimiento del tumor. En algunas ocasiones, este falso
aumento es el mejor presagio de una buena respuesta.
Por otro lado, los GIST suelen responder al tratamiento de un modo peculiar,
diferente al de muchos otros tumores, que puede también confundirse con un
empeoramiento. El centro del tumor se desvitaliza, tornándose gelatinoso. Un
tumor antes macizo se convierte en una cavidad hueca, rellena de restos de
enfermedad destruida, en la que sólo la pared, cada vez más fina, representa la
fase activa del cáncer. El volumen de tumor vivo es mucho menor, a pesar de
que el tamaño total sea el mismo, o incluso mayor. La inmensa mayoría de los
oncólogos están bien familiarizados con estas peculiaridades del GIST. Aun así,
ante una progresión, sobre todo si es precoz y se contradice con una mejoría de
los síntomas, podría ser una buena idea solicitar una segunda opinión.
Aun existe otra posibilidad de falsa progresión. En ocasiones se ve un paciente
en el que la mayoría de la enfermedad está controlada, pero en el que una
pequeña porción empieza a crecer. A esto lo llamamos progresión focal. Sería un error grave suponer que a ese
paciente no le funciona el imatinib y suspenderlo. Lo que en realidad está
sucediendo es que una minúscula población de células se ha hecho resistente al
tratamiento, mientras que la gran mayoría permanece aún bajo su control.
Suspender la medicación sería como abrir las puertas de la cárcel porque dos
presos se han escapado. Lo único que se conseguiría sería que el resto de la
enfermedad siguiera inmediatamente el camino de empeoramiento de la
avanzadilla. Si esa pequeña zona que aumenta de tamaño se puede extirpar, se
debe considerar seriamente la operación.
Sin embargo, existen verdaderas progresiones en las que todos los lugares del
cuerpo en los que hay enfermedad empeoran a un tiempo. Esto puede suceder
casi desde el principio, o tras mucho tiempo de control de la enfermedad con
imatinib. Una buena estrategia es doblar las dosis de la medicación, pasar
de 400 a 800 mg al día. La tercera parte de los pacientes en progresión que
adopta esta medida ven como sus tumores dejan de nuevo de crecer. Y esta
estabilización se puede mantener durante muchos meses.
En el caso de que esto no funcione, existe hoy ya un segundo medicamento
eficaz para el tratamiento del GIST. Se denomina sunitinib (Sutent®, Pfizer) y
también se emplea para el tratamiento del cáncer renal. Al igual que imatinib,
es un comprimido que se consume a diario, bien de forma continua, bien a
tandas con descansos intermedios. Aunque su toxicidad es algo superior a la de
imatinib, permite una vida normal en muchos casos. No existe casi ninguna
razón para privar a un paciente de sunitinib una vez que su enfermedad ha
progresado, independientemente de su edad o estado de salud.
La eficacia del sunitinib es sensiblemente menor que la de imatinib pero puede
que esto no sea a causa del fármaco, sino al desarrollo de la propia
enfermedad, que ya suele llevar años de evolución cuando se aplica el
tratamiento de rescate. El tratamiento con sunitinib es objeto de muchas y muy
activas investigaciones. Por ejemplo, parece ser que un estudio de las
mutaciones genéticas contenidas en las células malignas de GIST podría ayudar
a pronosticar la sensibilidad a los tratamientos, de modo que algunos pacientes
recibirían imatinib en primer lugar, mientras que otros se tratarían antes con
sunitinib.
El del GIST ha pasado de ser un campo casi desconocido en el ámbito de la
oncología a convertirse en uno de los más fecundos en investigación. Hay un
buen puñado de fármacos en investigación, algunos en fases muy precoces,
otros más cercanos a la comercialización. Hoy día casi todos oncólogos están
familiarizados con el empleo de imatinib y sunitinib, pero si la enfermedad
empeora a pesar de ambos, un paciente haría muy bien en buscar la segunda
opinión de un oncólogo experto en sarcomas como los que forman parte de
GEIS, en busca de alternativas experimentales.